Un quejido tímido se siente a lo lejos. Al principio se confunde dentro del sueño y avanza como una santa rita sobre un muro virgen. El quejido, que ahora es grito, irrumpe y me trae de esa mentira en la que se ha transformado mi descanso.
Creo que me enamoré de ese quejido. Sé que mi tarea es apagarlo una y otra vez. Que me está volviendo loca, pero que voy a morir si no lo vuelvo a escuchar.
En esa lucha dulce por calmarlo, sin más armas que una melodía monótona y una letra sabia, sonrío y recorro la habitación de un lado a otro. A veces me detengo frente a una foto. A veces me devuelve la mirada.
Sacudo la cabeza para volver del trance y sigo cantando y moviendo los brazos.
El quejido se apaga. Una bandera blanca brilla entre las ranuras de la persiana, y así sellamos un pacto de paz transitorio.
Silencio una vez más. Nuevamente el sueño frágil que anhela ese poder de los viejos tiempos. Cree que lo recupera por unos minutos. Un nuevo quejido, otra noche de ronda.
PD: "Todas esas cosas había una vez..."
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