Lo mejor de este cuento es que estaba en Nueva York, que acababa de salir del MOMA (The Museum of Modern Art) y que había visto varios Kandinsky de cerca. Un sueño que pude cumplir gracias a la decana de mi facultad que me envió a la Universidad de Columbia para un workshop de periodismo digital.
La verdad es que me echaron del museo porque estaban cerrando. Pero me paré estoica al lado de ese cuadro y le pedí a un guardia que me tomara una foto. Me di cuenta de que se paralizaron todos los guardias del salón, y de que mi fotógrafo personal no podía contener la risa, pero puse cara de uruguaya “cholula” y a otra cosa.
Cuando salí del museo, caminé hasta la sexta avenida y me quedé un rato mirando hacia arriba. Creo que fue mi posición durante todo el viaje. Ya era de noche, el ruido del tráfico dominaba la escena, y yo seguía rengueando por las ampollas en los pies que me traían de mal en peor.
A lo lejos lo vi. City Lobster (Ciudad Langosta), remarcaba el cartel de luces rojas sobre la puerta de un restaurante. Me acerqué tímida a espiar por los ventanales. Una pecera llena de langostas que se movían con dificultad. Y en un momento pensé que una me estaba cabeceando. Como en esos bailes que recordaba mi abuelo, donde le cabeceaba a las chiquilinas para invitarlas a bailar.
Conté en mi mente el resto de viáticos que llevaba en la billetera, y sin dudarlo entré al local rengueando, con la cámara de turista que tenía la foto del cuadro de Kandinsky, con el pelo alborotado por el calor insoportable, pero totalmente decidida a asesinar a una langosta.
Me senté sola en una mesa, me pedí un trago para aflojar tensiones, y le dije al mozo que me trajera una langosta grande. Sabía que la iban a matar en el momento, que mientras yo esperaba, la langosta estaba por darse un baño de agua hirviendo que terminaría con su vida.
Pinzas, pedí en mi mente, mientras la mano me temblaba como cirujano novato. No me quise poner el babero con el dibujo de la langosta, prefería llevarme la evidencia en la ropa. Y a lo lejos pude ver al mozo con mi langosta sobre una bandeja.
Cuando la tuve cerca dudé. Me parecía que todavía movía lentamente las antenas. Entonces le di un golpe seco con la pinza, le saqué una foto para mostrarle a mis amigos, y ataqué.
Cuando la tuve cerca dudé. Me parecía que todavía movía lentamente las antenas. Entonces le di un golpe seco con la pinza, le saqué una foto para mostrarle a mis amigos, y ataqué.
Lo que sigue son imágenes no aptas para gente impresionable. Les puedo contar cómo le fracturé las pinzas, cómo succioné la carne que quedaba atascada en las patas, cómo le quebré el caparazón al medio y descuarticé totalmente para no dejar rastro de carne. Y disfruté cada momento, y no tuve piedad. Y lo volvería a hacer.
Foto: mi primera langosta.

3 comentarios:
Espero poder estar en el próximo asesinato de langosta, me conformo con saborear una pinza.Excelente columna, super ilustrativa.
Una vez conocì un brasilero que mientras me enseñaba a cocinar cangrejos (sirì) me advertìa que antes debia pegarles un matillazo para que no sufran. Un buen tipo
Soy muy sensible para estas cosas. Me puse del lado de la langosta y me dolió. Excelente relato Jime, un placer volver a leerte!
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