
Cristina sabe que hoy se muere. Y no porque vaya a tomar alguna resolución por sus propias manos. Está segura que hoy se va, que se la llevan a quién sabe dónde, cómo dice ella, pero que sus pies sólo tienen algunas horas mas para pisar la tierra del jardín.
Reunió a su familia y amigos, los citó debajo de la Santa Rita, y recitó con elocuencia un discurso de despedida que poco tenía de improvisado.
"Yo ya lo sé desde que me desperté esta mañana, ahora les toca a ustedes, es así, nada se puede hacer contra el destino. Les pido que me ayuden a dejar todo listo para cuando ya no esté."
Los parientes la rodearon, su nieta se aferró a ella con un abrazo y le rogó que se quedara. Pero Cristina no derramó ni una lágrima, sólo la juntó contra el pecho y le pasó la mano por la espalda.
Reunió a su familia y amigos, los citó debajo de la Santa Rita, y recitó con elocuencia un discurso de despedida que poco tenía de improvisado.
"Yo ya lo sé desde que me desperté esta mañana, ahora les toca a ustedes, es así, nada se puede hacer contra el destino. Les pido que me ayuden a dejar todo listo para cuando ya no esté."
Los parientes la rodearon, su nieta se aferró a ella con un abrazo y le rogó que se quedara. Pero Cristina no derramó ni una lágrima, sólo la juntó contra el pecho y le pasó la mano por la espalda.
Luego corrió hasta el cuarto y comenzó a colocar su ropa en valijas polvorientas que guardaba sobre el armario. La última vez que las usó fue en un viaje a Canadá en 1975, al volver las llenó de ropa vieja que algún día donaría al Cotolengo. Mientras ella ordenaba y clasificaba la ropa con un criterio obsesivo, el resto de la familia la observaba inmóvil desde la puerta, entre sollozos y miradas de desconcierto. Algunos salían al patio enojados diciendo que estaba loca, otros se le acercaban y seguían sus órdenes al pie de la letra.
Cristina sólo se preocupaba por la ropa: “Los muebles no importan, se los reparten como quieran, hacen una fogata, los rematan, pero la ropa debe ser clasificada y guardada en su valija correspondiente.”
Sobre la cama de bronce antigua, separó una campera de cuero marrón y un buzo de lana cruda. Luego salió al jardín, tomó una pala y comenzó a cavar un pozo en la tierra a dos metros exactos de la Santa Rita. Le pidió a su nieta, que no paraba de llorar desconcertada, que la ayudara a enterrar la campera y el buzo. La nieta no dudó en seguir sus órdenes, pero luego le preguntó por qué los enterraba. Cristina se levantó, sacudió las rodillas de su tierra y le dijo en el oído: “Sobre este pozo van a crecer cipreses que luego se van a esparcir por todo mi jardín”.
A las ocho de la noche llegó la ambulancia sin que nadie la hubiera llamado. Ella salió, tocó la puerta del vehículo, y cuando los camilleros abrieron los saludó y les dijo: "Hoy me voy a morir."
Son las 22.15 hs., Cristina está en el hospital, su nieta dormirá en el jardín.
2 comentarios:
Eso de saber despedirse como corresponde no está a la altura de todos...
(¡Dos meses! ¿Qué periodicidad es ésta?).
Asi me gusta Eresfea,enójese!!!! asi ella aprende.saludos.
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